El desarrollo urbano de El Salvador enfrenta un reto que ya no puede tratarse como tema secundario: la resiliencia. Las ciudades deben prepararse para lluvias intensas, calor urbano, presión sobre drenajes, crecimiento habitacional, movilidad compleja y necesidad de espacios verdes. La infraestructura ya no puede diseñarse solo para funcionar en condiciones normales; debe responder a escenarios de estrés.
La Política de Cambio Climático para el sector de obra pública, transporte, vivienda y desarrollo urbano reconoce que El Salvador está expuesto a fenómenos hidrometeorológicos extremos, incluyendo abundancia o ausencia de precipitaciones, aumento del nivel del mar en zonas costeras y cambios en temperaturas y patrones de viento. Estos factores impactan directamente la forma en que se planifican calles, viviendas, drenajes y espacios públicos.
Drenaje urbano: una infraestructura invisible hasta que falla
Pocas infraestructuras son tan importantes y tan poco visibles como el drenaje pluvial. Cuando funciona, casi nadie lo nota. Cuando falla, se convierte en inundaciones, erosión, afectaciones a viviendas, daños viales y conflictos entre comunidades, desarrolladores y autoridades.
Por eso, la factibilidad de aguas lluvias no debe verse como un requisito más en el expediente. Es un componente central del diseño urbano. Un proyecto habitacional o comercial modifica superficies, pendientes, escorrentías y velocidades de descarga. Si esos cambios no se calculan y gestionan correctamente, el impacto puede sentirse más allá del terreno del proyecto.
La resiliencia también depende del espacio verde
Las áreas verdes no son decoración. En ciudades densas ayudan a reducir temperatura, mejorar infiltración, disminuir escorrentía, aportar sombra y mejorar calidad ambiental. La política climática sectorial destaca la importancia de bosques urbanos y áreas verdes para mejorar microclimas, absorber CO2 y hacer más saludables los entornos urbanos.
Este punto es cada vez más relevante para San Salvador y su área metropolitana. El Banco Mundial, al aprobar financiamiento para fortalecer la resiliencia de El Salvador ante desastres y cambio climático, señaló medidas como planificación metropolitana resiliente, normas de construcción más seguras y espacios verdes que ayudan a mitigar calor extremo e inundaciones.
No basta con construir más: hay que construir mejor
El país necesita más vivienda, mejores conexiones y obras públicas modernas. Pero la velocidad de construcción no debe sustituir la calidad de planificación. Una obra resiliente considera su ciclo completo: diseño, aprobación, construcción, operación, mantenimiento y adaptación a eventos extremos.
En infraestructura urbana, construir mejor significa al menos cinco cosas: calcular drenajes con criterios actualizados, respetar condiciones del terreno, evitar intervenciones que trasladen riesgos a terceros, incorporar vegetación y superficies permeables, y asegurar mantenimiento posterior.
- Diseñar sistemas de aguas lluvias con capacidad y mantenimiento previstos.· Integrar árboles, zonas verdes y espacios de infiltración donde sea viable.
- Evaluar pendientes, quebradas, suelos, escorrentías y conexiones viales antes de aprobar usos intensivos.
- Coordinar permisos ambientales, urbanísticos y municipales en lugar de tratarlos como trámites aislados.
- Comunicar a las comunidades qué obras se harán, por qué se harán y cómo se dará seguimiento.
La resiliencia debe medirse en la vida diaria
Una ciudad resiliente no es únicamente la que resiste una emergencia. También es la que reduce daños cotidianos: calles menos vulnerables a lluvias, viviendas menos expuestas, drenajes mantenidos, espacios públicos con sombra, rutas seguras, zonas urbanas que integran servicios y comunidades que entienden los cambios en su entorno.
El desafío para El Salvador no es elegir entre desarrollo e infraestructura resiliente. El desafío es aceptar que el desarrollo sin resiliencia termina siendo más caro, más conflictivo y menos sostenible.

